Jueves, 03 de marzo de 2005
Serie de artículos australianos (Melbourne 2002-04)
Vivir es envejecer, al menos físicamente. Aunque uno siempre puede ser joven por dentro. Sin embargo creo que soy consciente de mi edad, mas que por la falta de pelo o las arrugas, mas que por la gradual pérdida de visión o flexibilidad corporal, mas que en definitiva, por mis cambios corporales, creo que envejezco por los cambios de mi entorno.
Las distancias se han acortado, las casas y los coches han empequeñecido, las personas, los senderos, los pájaros, el perro del vecino, el manzano de enfrente, todo ello ha menguado. Estoy seguro de que es así, pues yo, día a día me veo igual, sin grandes diferencias. El espejo refleja la misma imagen mañana tras mañana, así que deben ser el resto de cosas que me rodean que han cambiado.
En los otoños de mi infancia, cuando las lluvias arreciaban y los caminos se hundían bajo los pies, una alfombra de conchas de berberecho (molusco bivalvo) era traído al barrio por un camión y después se esparcía sobre la tierra. Las conchas de aquellos animales marinos soportaban nuestros cuerpos, eran el tapete de nuestros pasos. Sin duda una ingeniosa manera de librarnos del barrizal y muy divertida para nosotros, los primeros días sobretodo. Con las conchas casi intactas una armónica sinfonía de crujidos acompañaba al vecindario. Con las palabras de saludo, despedida o de cualquier clase se intercalaban los "crunch" como si inventásemos un nuevo lenguaje.
Ahora, cuando regreso a mi viejo barrio, el cemento uniforme lo ha cambiado todo. El barro no existe, no hay crujidos, el paso se ha transformado en un monótono pisar, los caminos se han quedado sin magia, la tierra ya no huele a mojado y sus latidos se esconden bajo su nueva piel; los gorriones, las lavanderas y demás pájaros no dejan sus huellas sobre la tierra. Un camino estéril, sin marcas, se adueñó de mi pequeño barrio.
Los campos, en otro tiempo fueron escuderos fieles de los caminos, y en algunos casos fueron despensa improvisada de provisiones ante el cansancio contraído después de los juegos con la pelota, del escondite o de rodar incansables con la bicicleta. Subíamos a los árboles y el olor de la fruta nos atraía como las flores a los insectos, trepábamos en busca de jugosas ciruelas, de manzanas de todas las variedades y soñábamos con cabañas y junglas, escuchábamos a los pájaros y a los grillos, perseguíamos insectos y lagartijas. Jugábamos al fútbol en campo de hierba que para nosotros era un estadio y que se llamaba "el campo del gato".
Ahora, aquel rincón de la niñez se ha transformado en la Autopista del Atlántico y sólo podemos perseguir coches con la mirada, a la vez que somos nosotros los que escapamos de los ruidos. "El campo del gato" es ahora un parking para camiones.
La vista y el tacto nos han "engañado" durante mucho tiempo, nuestras percepciones son muy diferentes ahora. Del barrio menguante sólo nos quedan dos sentidos insobornables, el olfato y el gusto, recordar un sabor o un aroma recupera aquel espacio y aquel tiempo, pero el barrio ya no es el mismo, todo es más pequeño. El barrio de mis recuerdos de infancia ha sufrido una metamorfosis horripilante, el barrio menguante es el peor de los espejos, aquí al contrario que en nuestros cuerpos, las arrugas de la tierra han desaparecido, los nudosos troncos y sus cortezas resquebrajadas fueron suplidos por lisos postes de luz o modernas farolas.
Aquel camino que cruzaba en ocho o nueve pasos, ahora lo abarco con cuatro zancadas, el barrio se achica, sin duda envejezco.
Cada persona posee en su memoria su propio barrio menguante, su propia experiencia. Desde todos los confines del planeta aparecerían millones de barrios menguantes, tantos como personas. Sin embargo quiero hacer una pirueta arriesgada, imaginando un barrio evolutivo, un barrio en los albores del tiempo cuando nuestra especie se abría camino en su propia cuna, en el primitivo barrio del tiempo, hace más o menos unos 3 millones de años.
Por qué aquel primate peludo se extendió por la faz de la Tierra y quiso "conocer" nuevos mundos son hipótesis científicas más o menos comprobables e ingeniosas, posiblemente ciertas. Yo quiero ir más lejos. ¿Por qué, cuándo y cómo un individuo de aquellos grupos primitivos se dio cuenta que su "barrio" se quedaba pequeño? ¿Qué pasó por su mente, cuando olfateando con la cabeza erguida, perdía su mirada hacia un horizonte incierto?
No sabía las consecuencias futuras que acarrearía su decisión, su pensamiento redirigió el destino de los homínidos que nos han originado. La cuna africana, el pequeño barrio de nuestros antepasados menguaba y empujaba a sus habitantes a buscar otros horizontes. Primero fueron horizontes cercanos, más o menos parecidos, con el paso de los años, de los miles, de los millones de años, los lugares de acogida eran novedosos y extremos. Esta migración hizo que los habitantes del viejo barrio cambiasen, se adaptasen al nuevo mundo, más frío, más riguroso, diferente a todo lo que conocían.
En la actualidad, el primate africano ha derivado en una especie colonizadora de todos los territorios posibles. El nuevo barrio planetario muestra sus lindes. De nuevo el barrio mengua, sus habitantes crecen y hemos descubierto que vivimos en una balsa que flota en un vasto y negro océano. Cada día descubrimos que esta balsa, nuestro pequeño barrio planetario, mengua cada vez más, al lado de un universo en expansión.
Aquel viejo homínido no está con nosotros físicamente, pero año a año, decenio a decenio, nos ha ido dejando la herencia genética necesaria para seguir el camino que nos ha marcado. Los nuevos homínidos que ahora poblamos el mundo, lo observamos con nuevos y precisos instrumentos. Miramos al cielo nocturno buscando una salida. Millones de años después, como si no hubiésemos cambiado aparentemente nada, observamos que también éste, el barrio de nuestra infancia como especie, ha menguado como el barrio de nuestra infancia como individuo.
Aquel planeta que tardábamos meses en cruzar lo recorremos ahora en unas pocas horas, el barrio se achica, sin duda envejecemos.
Por: Mariano | Relatos, ensayos y reflexiones. | Comentarios (6) | Referencias (0)
Hola, te vi en el blog de Pedro Glup y ya sabes... la curiosidad es mas fuerte... hice click y aqui estoy leyendote. Con este post me has hechorecordar mi infancia en la ciudad donde vivian mis abuelos maternos...Bueno mi abuela aun vive. Pero es verdad. cuando era pequeña, esa colonia era tan grande, esa hamaca amarrada de esos dos arboles grandisimos, esa banca hecha de cemento... sabes ahora como lo veo?... una colonia normal., dos arbolitos que no son lo que yo recuerdo, una banca de cemento tan enana que no puedo ya sentarme en ella... ¿qué les pasarón a esas y tantas cosas mas?
LLuvia | 03-03-2005 02:06:14
"La boca abierta al calor, como lagartos, medio ocultos tras un sombrero de esparto" que cantaba Serrat. Envejecemos, sí, pero unos más que otros, no todos a la vez, algunos envejecemos a toda prisa, como si nos fuera a faltar tiempo. Por ejemplo yo ya ni recuerdo quién ha empezado a escribir este comentario ¿qué hago aquí? ¿como vuelvo a casa? ¿es cierto que esto es Australia? Mariano, un placer pisar tu barrio
Glup | 03-03-2005 13:40:20
A chaira lamega da miña infancia fica agora baixo os decibelios e o lóstrego dos motores de combustión interna, das metalizadas carrozarías dos autobuses que nos andéns da estación agardan fungóns polos viaxeiros e turistas extraviados coas súas existencias en tránsito a ningures. Eu aínda hoxe oio o murmurio universal daquelas ras.
Unha aperta
folerpa | 03-03-2005 18:59:31
Hermoso texto, hermosísimo y muy real, además. El barrio se achica y se recorre todo en un rato, lo que antes nos parecía tan inmenso ahora tan pequeño.
Todo muy bonito, excepto esto de que me reafirmes que envejecemos. Ya lo se de sobra, pero leerlo me tiró abajo :)
Un abrazo.
P.D.: ¿recibiste mi extenso mensaje del otro día? no tuve respuesta aún :-(
Sandra | 04-03-2005 20:22:41
Mariano, un placer leerte, gracias por venir a visitarme, eso me ha traído a tí, ahora vendré siempre, me ha encantado este post, y es tan real como nosotros mismos. Besos
mirada | 10-03-2005 17:39:01
Mariano, yo quizás aún sea un poco joven para que me hagas recordar cosas, pero has conseguido que me las imaginara y que pasaran a formar parte de mi vida como si eso perteneciera a una parte de mi infancia.
Eres un escritor fantástico además de una excelente persona.
Mariví | 11-03-2005 22:47:11
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