Domingo, 06 de febrero de 2005
Serie de artículos australianos (Melbourne 2002-04)
Hace 23 años que tengo en mi poder un libro de Jorge Luis Borges titulado Nueva antología personal. En plena adolescencia mientras las hormonas cumplían sus funciones biológicas hubo un rechazo al contenido por aquel entonces demasiado denso y complejo. Borges y su Antología reposaron anclados en un estante esperando su oportunidad, casi un cuarto de siglo más tarde.
Xosé Carlos Caneiro, escritor gallego contemporáneo publicó hace pocos días una biografía sobre Borges y en una presentación coloquio, de riguroso negro (parecía llevar un respetuoso luto por el biografiado) nos deleitó con todo el espectro de colores del arco iris que absorbidos por su ropa se fundieron con su cuerpo y salieron graciosamente de forma sonora llenando toda la sala de sabrosas anécdotas e ideas precisas.
Defendió a Borges sobre todas las cosas y más aún defendió su Literatura con mayúsculas, porque Borges fue un elegido. No permanecí inerte ante tanta pasión y el libro que grano a grano percibió el paso del tiempo en un inmenso reloj de arena durante casi cinco lustros, fue rescatado de su forzado reposo.
Comencé leyendo los ensayos, me apasionan, y los de Borges están a la altura de mi pasión. A uno de ellos le debo este artículo, que sé como empieza pero que sólo el tiempo dirá como acaba. Es precisamente el tiempo, ese concepto tan difuso el que planea sobre estas líneas.
Recupera Borges la obra de H. G. Wells; La máquina del tiempo y menciona que el protagonista regresa del futuro con una flor marchita, flor que el propio Borges califica como:
«la contradictoria flor cuyos átomos ahora ocupan
otros lugares y no se combinaron aún.»
Cuánta poesía hay en esta hermosa frase. ¿Podría imaginar Wells que en el futuro su obra produjese un pensamiento tan perfecto? ¿Podría imaginar Borges que en el futuro su perfecta reflexión produjese más reflexiones? Me pregunto yo ahora ¿Podrá alguien en el futuro reflexionar sobre estas reflexiones sobre la perfecta reflexión? El tiempo lo dirá.
Tantas veces hemos viajado en el tiempo con la mente, tantas veces nuestro cerebro ha fantaseado con cambiarnos de época y lugar, que los viajes en el tiempo se nos antojan fantasías imposibles e inalcanzables, conjeturas inútiles se nos plantean y como dóciles apóstoles del Maestro seguimos esperando el gran milagro.
La flor marchita ha viajado en el tiempo, pero ¿se nos escapa acaso que también ha viajado en el espacio? Dice Whitman:
«Si no consigues encontrarme al principio, no te desalientes,
Si no me encuentras en un lugar, busca en otro,
Estoy en alguna parte esperándote»
Sin duda hay que buscar en otro lugar, porque nuestra Tierra se mueve por el espacio, por el vasto Universo sin descanso hasta que un día su rubio acompañante la abarque en un abrazo mortal. Pero es el movimiento la clave de todas las cosas, ya que en él está comprendido el tiempo. Sin movimiento el tiempo no tiene sentido. La máquina del tiempo no es una fábula, sólo hay que buscarla sin desaliento como dice Whitman.
Salid en una noche despejada y contemplad los titilantes ojos que os observan, ahí tenéis el pasado, invadiendo vuestro presente. Nuestro Sol brilla y emite fotones de luz que llegan a nosotros durante un viaje de ocho minutos, un retraso que pasa inadvertido pero que nos permite afirmar, que es el viejo Sol el que nos calienta e ilumina, pues el nuevo, tardará todavía ocho minutos en llegar.
Mirando más lejos en la espesa negrura nocturna podemos localizar Andrómeda, una galaxia cuyos millones de estrellas emiten su luz y tarda en llegar a nosotros 2 millones de años. El Sol está a unos minutos, pero 2 millones de años es un viaje largo. Aquí no hay paradojas como los átomos duplicados de la flor de Borges, aquí el viaje cumple las leyes conocidas. Mientras nuestros antepasados homínidos habitaban las sabanas herbáceas y algunos de ellos se atrevían a abandonar su hogar africano, justo cuando el ancestro humano buscaba nuevos horizontes; en las fraguas estelares de Andrómeda se creaban los rayos de luz que ahora alcanzan nuestra retina.
De todos modos, ¿qué son los años? Acaso no otra cosa que vueltas de la Tierra alrededor del Sol. Un patrón sólo conocido por nosotros y que se refiere al movimiento de nuestro pequeño hogar esférico. Si hubiésemos nacido en Plutón, un servidor podría presumir de haber acabado su licenciatura en Ciencias Biológicas al mes y 6 días de edad y ahora 12 años terrestres después, puedo presumir de alcanzar la insólita cifra de 1 mes y 23 días de edad.
En definitiva, podemos contemplar el firmamento como un viaje al pasado gracias a nuestros ojos y a nuestro cerebro, órganos ambos, que han ido evolucionando desde hace millones de años. Es el tiempo por tanto, entre otros factores uno de los ingredientes de la evolución biológica. Podemos decir que hacer posible lo imposible es por tanto sólo una cuestión de tiempo, pero citando de nuevo a Borges; «nada sabemos del porvenir, salvo que diferirá del presente.»
Por: Mariano | Relatos, ensayos y reflexiones. | Comentarios (3) | Referencias (0)
Se te olvidó mencionar la luz que no podemos ver, y que iluminaría el cielo matando la noche, de las infinitas estrellas que se alejan de nosotros a velocidades próximas a la luz. Estrellas que se podrán ver algún día bajo este cielo, pero no por nuestros ojos, cuando el universo deje de escapar de sí mismo y comienze a agruparse de nuevo.
Esto me hace recordar uno de los últimos pasajes del apocalipsis en el que Juan aseguraba que habría un cielo nuevo y una nueva tierra donde no existiría la noche.
¿Acaso Juan sería consciente de la teoría del universo cíclico?
Un saludo
Miguel Puente | 07-02-2005 12:53:27
Marcos | 08-02-2005 19:24:43
Mariano:
Este escrito tuyo me ha encantado. A mí Borges me gusta y me gusta muchísimo. Cuando era adolescente o muy jovencita no entendía nada al leerlo y mucho menos sus poemas. Al releerlo de adulta su obra me ha encantado, en líneas generales. Por supuesto, en algunos aspectos es un poco "pesado" a veces. Pero... ¿Has leído "El Aleph"? Es un libro muy bonito ese y hay una frase suya recordando a la amada, a la que ya jamás volverá a ver, sólo en el cuadro y es cuando dice:
"Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges".
No se cómo explicártelo pero esa frase siempre resuena en mi memoria. Me parece que tiene un caracter muy autobiográfico y expresa su dolor. Por otro lado, Borges volcado a la Kábalah ha tenido mucha sabiduría. Estaba yo de paseo en 1986 en Santiago de Compostela el día que Borges moría.
Te mando un saludo y mi enhorabuena por tu página.
Sandra | 10-02-2005 12:15:11
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