Martes, 31 de octubre de 2006
Lucio Pertinaz se asombró con este pasaje pues rememoró sus viejos libros de historia. De cuando el mundo estaba dividido en zonas coloreadas en los mapas, de cuando las gentes no se entendían entre sí pues hablaban en distintas lenguas, de cuando todo el mundo era el ombligo del propio mundo y poco importaba lo que había alrededor sino era para esquilmarlo o conquistarlo. Por todo ello Pertinaz leyó esta cita con absoluta curiosidad.
“Venid acá, peces, vosotros, los de la margen derecha, que estáis en el río Douro, y vosotros, los de la margen izquierda, que estáis en el río Duero, venid acá todos y decidme cuál es la lengua en que habláis cuando ahí abajo cruzáis las acuáticas aduanas, y si también ahí tenéis pasaportes y sellos para entrar y salir. Aquí estoy yo mirándoos desde lo alto de este embalse, y vosotros a mí, peces que vivís en esas confundidas aguas, que tan pronto estáis en una orilla como en otra, en gran hermandad de peces que unos a otros sólo se comen por necesidades de hambre y no por enfados de patria.” José Saramago. Viaje por Portugal.
Confundido estuve hasta que de un gran diccionario conseguí el significado de palabras tales como aduana, pasaporte o patria, que son todas ellas tan extrañas y desusadas que no creí entender tan extraño pasaje. Pero ahora, con completo significado, no puedo más que alegrarme por lo conseguido en esta época nuestra, ya por el año 2.555, en un siglo XXVI que no entiende de fronteras, patrias ni aduanas. En esta luna solitaria seguiré estudiando la lengua de los peces, si la tienen, porque en lo que se refiere a los hombres queda claro que no hay más que una, lo que no evita conflictos, ni ambigüedades, debates y discordias, pero ninguna en nombre de la patria. Porque da igual la margen del río que visitemos, ahora ya somos como los peces, sólo nos comemos por necesidades de hambre.
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Sábado, 30 de septiembre de 2006
Para Lucio Pertinaz topar con esta cita fue como encontrar la horma de su zapato. Se le generaron dudas a su labor con y para los libros.
“La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios”. El libro de arena. J.L. Borges
Quizá esta inestable idea de recopilar insulsamente citas, no sea más que aportar motivos que corroboran estas palabras sacadas de “utopía de un hombre que está cansado”. Lejos de doblegarme o de doblegar mi voluntad, creo que debo intentar desequlibrar la balanza. Intentaré ignorar los textos innecesarios, pero hasta ellos ocupan lugar en esta enorme biblioteca y quizá en el más insulso de los mismos, encuentre al menos una frase, una idea, una palabra digna de ser citada.
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Jueves, 31 de agosto de 2006
Antes de hablar sobre Lucio Pertinaz hemos de situarlo en su tiempo. Pertinaz está en la Luna continuamente. Lejos de ser una metáfora, responde a la más cierta realidad. En este año 2.555, la Luna ha sido constituída como la única y más gigantesta biblioteca jamás construída. El satélite al completo alberga todas las obras publicadas en el planeta Tierra a lo largo de su historia. Pertinaz es uno de sus bibliotecarios.
Lejos de conformarse con su trabajo, su mayor y única afición es la de leer y releer los volúmenes buscando citas. Huyendo de las listas tópicas y temáticas a Lucio Pertinaz sólo le satisfacen las citas de cosecha propia, es decir, las que él mismo descubre en tal miriada de libros. Yo, humilde seguidor de su trabajo sólo daré fé aquí de su hercúlea tarea. Además de las citas, Lucio Pertinaz tiene la osadía, o la brillantez, ustedes decidirán, de comentarlas, explicando de algún modo el motivo de su elección.
Aquí os dejo su primera cita y su primer comentario:
“De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”. Gen 2, 17.
Sin duda las primeras palabras de Dios al hombre no fueron demasiado amables. El primer discurso, la primera frase escuchada por oído humano, fue esta prohibición. Mortales somos sí, pero sabios o necios, según a quien corresponda. ¿Por qué estaba allí aquel árbol? ¿Pudo ser omitido? No. La ciencia, para lo bueno o para lo malo ahí está y por eso hoy podemos disfrutar de este mausoleo de libros, en el que se incluye el libro de los libros según algunos, La Biblia. Comienzo con el Génesis ¿Cabría mejor elección?
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Lunes, 31 de julio de 2006
En la subida a Cerro Olvidado, allí la encontrarás. Antes de verla escucharás sus quejidos metálicos y herrumbrosos. Hiere a la tierra con su garra. Añora la brisa marina mientras adornaba la proa en el costado de estribor, mientras la espuma blanca oxidaba gota a gota su lisa carcasa.
En la subida a Cerro Olvidado, allí la encontrarás. Un adorno metálico que se reseca en la tierra, que sustituyó la espuma por el polvo para que las extremidades de los hombres la pisoteen descarados e irrespetuosos, ignorantes de su historia y de su pasado. Aquella, que en otro tiempo era mirada con respeto por corsarios y bucaneros, yace en terreno seco como triste homenaje a sus victorias, derrotada en el margen de un sendero y no en el fragor de la batalla. En la subida a Cerro Olvidado, allí la encontrarás.
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Jueves, 29 de junio de 2006
Hace 20 años que nos dejó su figura, que no su arte. Borges es una especie de tatuaje implantado en la mente y ya no se disipa, su tinta es indeleble. Hace muy poco compré un libro gracias a él, sí a Borges. El libro en cuestión es “El último lector”, de Ricardo Piglia.
He de reconocer que al abrir el libro de Piglia vi un poquito de Borges, y ya me encandiló. En las primeras páginas ya dice: “«El Aleph», el objeto mágico del miope, el punto de luz donde todo el universo se desordena y ordena según la posición del cuerpo ...”. Y ahora vuelvo a él.
Releer es volver a leer. ¿Por qué releo este libro que hace nada terminé? Lo ignoro, tengo tantos esperándome en los anaqueles (como diría Borges). Pero hay libros con aroma, con un sabor difícil de describir y uno encuentra placer volviéndo a ellos. Las segundas lecturas no son como las primeras, se descubren nuevos matices y se subrayan (a lápiz) nuevos párrafos, se rellenan de notas los márgenes y de nuevo vuelve el placer.
Releo: “Primera cuestión: la lectura es una arte de la microscopía, de la perspectiva y del espacio (no solo los pintores se ocupan de esas cosas). Segunda cuestión: la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión de la física”. Y me pregunto, ¿Es la lectura una ciencia? Y casi concluyo, ¿Y el lector un científico? Como me atrae esta idea.
Sigo avanzando las páginas y leo los subrayados, las ideas que Piglia vierte sobre Borges y me detengo en el margen a leer mis propias palabras manuscritas a la derecha de un párrafo: “leer continuamente equivale a buscar la inmortalidad”. Por eso sigo leyendo, por eso os animo a leer, por eso Borges, 20 años no es nada.
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Sábado, 27 de mayo de 2006
El último día siempre te acelera el pulso y las acciones, como si pudieses abarcar todo en un intervalo de tiempo ridículo. Esperamos todo de Amsterdam y nos lo da.
Desconozco las razones de por qué el primer dique (dam) fue ubicado en el río Amstel, pero ese acto contingente, si lo fue, cambió el futuro del lugar y decidió su nombre: Amsterdam. Al contrario que en otras ciudades, la ciénaga original no fue expandiéndose desde su centro, sino que de forma centrípeta fueron apareciendo canales, puentes y almacenes (ahora casas).
Cuando la imagino veo de nuevo el laberinto, que recorro gozoso, y que al contrario que en otros laberintos mi último deseo es encontrar la salida. El día declina y pienso; si el dique fuese puesto siglos atrás en el río Ij, ahora tendríamos que abandonar Ijdam, pero esa sólo es una ciudad utópica y seguro que distinta.
Calvino escribió de la ciudad de Valdrada: “ … al llegar el viajero ve dos ciudades: una directa sobre el lago y una de reflejo, invertida. […] El espejo acrecienta unas veces el valor de las cosas, otras lo niega. No todo lo que parece valer fuera del espejo resiste cuando se refleja. Las dos ciudades gemelas no son iguales, porque nada de lo que existe o sucede en Valdrada es simétrico: a cada rostro y gesto responden desde el espejo un rostro o gesto invertido punto por punto. Las dos Valdradas viven la una para la otra, mirándose constantemente a los ojos, pero no se aman”.
Amsterdam e Ijdam sólo comparten posibilidades, una es lo que es, la otra lo que pudo ser, no son reflejos reales como ambas Valdradas pero son espejos imaginarios, quizá los más perfectos, quizá los más imprevisibles.
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Martes, 18 de abril de 2006
Ayer, (cualquier día pasado lo es) estuve en Sherwood. La búsqueda de la felicidad es una de nuestras ilusiones más profundas, pero cada vez que se nos niega, el desencanto es enorme. Sin embargo, encontrarla sin buscarla es una de esas suertes que uno no se espera.
Llegué a Sherwood sin esperanza, había mucha madera y ningún árbol. No era el bosque de los proscritos, no hallaría allí ni a Robin ni a Marian, pero cada viaje te propone un inesperado desenlace. La felicidad, como las horas, pasa sin hacer ruído, te percatas de su existencia cuando ya no está. Se escurre entre tus dedos, y notas como un cosquilleo en la boca del estómago, como si algo mágico e irrepetible hubiese sucedido. Mientras eres feliz estás anestesiado. Se aletargan todas las sensaciones. Después, en un breve lapso de tiempo, cuando eres consciente de que lo fuiste, hay una gran explosión, es como si el cerebro entrase en ebullición, te das cuenta de que llegó sin avisar, sin carteles que señalasen hacia donde ibas, simplemente ha pasado y su recuerdo te estimula. Los ingredientes sencillos multiplican sus efectos, como si las pequeñas cosas tuviesen el poder mágico de impregnarte por dentro.
Gracias Berto, Óscar, Sergio, Pablo y Lorena, porque ayer fui un proscrito feliz con vosotros. ¿Estuve en la tierra prohibida de la Felicidad o estuve en Sherwood? ¿Acaso no es lo mismo?
Si pudiese volvería al bosque de Sherwood, a su orilla. Y repetiría las palabras de Whitman: «Me iré a la orilla del bosque, me quitaré el disfraz y quedaré desnudo, Me enloquece el deseo de estar en contacto con ella.»
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Lunes, 20 de marzo de 2006
Mi gusto por la mitología no incluye el consabido final de las profecías antiguas. Si el Oráculo determinaba que el hijo se casaría con su madre y mataría a su padre, o que llegaría un ser desde el cielo y liberaría al reino de su opresor; todo ello ocurriría. Todas las profecías se cumplen. Hermosas, pero de final conocido. Sea cual sea el apuro por el que pase el protagonista de la historia sabemos que se cumplirá su profético destino. Hoy en día escuchamos: “le pasó porque estaba escrito, era su destino acabar así”. Pero es obvio que esta frase puede aplicarse a cualquier suceso ya ocurrido. Si las Parcas mueven los hilos, para qué molestarse en seguir el juego. Si Dios, el Oráculo, las Parcas o los Profetas han decidido tu futuro, no te resistas, porque ocurrirá.
Hace muchos años, en un rosal floreció un pequeño capullo, lo arranqué y lo guardé en un libro. Me olvidé de él durante todo este tiempo. Al abrir de nuevo el libro me encontré con el Tota o Mono Verde, un primate africano de pequeñas dimensiones, en Swahili se llama Tumbili (nombre más bonito y sonoro, como todos los de esta lengua). A su lado, yacía una pequeña flor ocre, deshidratada, seca por la compresión entre las páginas a lo largo de los años. Curioso destino el de esta rosa, en lugar de florecer en la naturaleza, de ser admirada por los ojos de los hombres, de ser visitada por los prolíficos insectos; quedó atrapada, en compañía de los Tumbili dibujados en la página. Imprevisible destino el suyo. ¿Estaría escrito? Lo dudo.
Shakespeare puso en boca de un personaje del Rey Lear una clara crítica a este determinismo profético.
«La estupidez del mundo es tan superlativa que, cuando nos aquejan las desgracias, normalmente producto de nuestros excesos, echamos la culpa al sol, la luna y las estrellas, como si fuésemos canallas por necesidad, tontos por coacción celeste; granujas, ladrones y traidores por influjo planetario; borrachos, embusteros y adúlteros por forzosa sumisión al imperio de los astros, y tuviésemos todos nuestros vicios por divina imposición. Prodigiosa escapatoria del putero, achacando su lujuria a las estrellas. Mi padre se entendió con mi madre bajo la cola del Dragón y la Osa Mayor presidió mi nacimiento, de donde resulta que soy duro y lascivo. ¡Bah! Habría salido el mismo si me bastardean mientras luce la estrella más virgen de todo el firmamento.»
Que la Rosa no desespere, que el pequeño Tumbili la acompañe, que nunca sabremos qué nuevos textos inspirarán.
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Lunes, 27 de febrero de 2006
H.G. Wells inventó La máquina del tiempo, pero el más fascinante, barato y seguro artilugio para viajar es un buen Atlas. He puesto recientemente en mi blog una pequeña aplicación, yo diría que fascinante, que señala en un mapamundi los lugares desde donde se realizan las visitas.
No exagero si os digo a todos, viajeros de paso o habituales, osados o pacientes, conocidos o desconocidos; a todos sin excepción, un sentido GRACIAS. Pero mi curiosidad se dilata cada día. Cada vez que aparece un nuevo Punto Rojo, una señal anónima en el mapa, tomo a mi querido Atlas en las manos y recorro, venero diría yo, la geografía del lugar. La imprecisión del Punto Rojo que hincha con el número de visitas hace que recorra un trecho mayor y el disfrute se agranda.
Los topónimos tienen en mi un efecto vitamínico y deseo mencionaros algunos de los paisajes imaginarios que he visitado gracias a todos vosotros.
En Sudamérica hay numerosos puntos de reunión, admiro de entrada la Cordillera Andina que vosotros tenéis tan cerca, pero ¿desde dónde? Desde Isla Mocha, o Temuco, otros quizá desde Córdoba, Cosquín o El Milagro; subo hasta el Chaco y quizá tenga un amigo en San Salvador de Jujuy o un habitante de las orillas del Río Salado. Tiendo la mirada hacia el norte, veo el mapa a vista de pájaro, como un Cóndor, y llego a otro rio, éste fronterizo, Río Grande. Allí dudo entre El Paso o Ciudad Juárez. Más al sur he dejado amigos en Iquique cerca del Altiplano boliviano, en Lima, Bogotá, Caracas y Managua.
Hacia el este quizá mi visitante anónimo resida en Virginia, por qué no en la ribera del Pamunkey River. Y más al norte llegamos a Nueva York o alrededores, quizá Newton o Danbury.
Cruzando el océano, y antes de llegar a la Vieja Europa, dejo atrás las Islas de Barlovento, en cuál de ellas debo detenerme, quizá en todas; antaño guaridas de piratas, escenarios de batallas entre corsarios y bucaneros. Avisto Europa y llego a lugares cercanos, en la propia tierra, desde cualquier pueblito de interior hasta las grandes capitales. Desde las Islas Canarias hasta Escocia. Hemos pasado de Los Andes a los Montes Grampianos, llegamos a las Tierras Altas, desde nos llegan agudos acordes de gaitas.
Este viejo artilugio llamado Atlas me permite visitaros, en silencio, y con agradecimiento. Miles de gracias a todos. Este Post es para vosotros.
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Miércoles, 15 de febrero de 2006
Una imagen totémica de Hamlet es la de una calavera en su mano mientras recita el mítico “Ser o no ser …”. Rematada la lectura de la obra de Shakespeare, no puedo evitar un cierto desasosiego al comprobar que esa imagen no existe en parte alguna de la lectura.
Desde mis prácticas de Antropología, siempre me han llamado la atención los cráneos humanos. Sostener uno fue una especie de violación de la intimidad, porque es el interior de nuestras cabezas el lugar más íntimo. Sostener aquel cráneo de un semejante me suscitó a la reflexión, no como a Hamlet por lo visto.
Aunque lo valioso de nuestras cabezas es el tejido blando que hay en su interior, lo que perdura en el tiempo es esa coraza ósea que lo protege. Releo ahora datos de un cráneo famoso, el cráneo número 5. Este cráneo perteneció a un homínido europeo de hace unos 400.000 años. Un Homo heidelbergensis que vivió en la península ibérica cuando ésta aún estaba poblada de Dientes de sable. Trabajar con uno de estos cráneos debe suscitar un gran misticismo. Al observar las vacías cuencas de sus ojos, al rozar el áspero puzzle óseo, al sujetar entre las manos ese rostro primitivo de un homínido antepasado estoy seguro de que podría revivir, como en una visión, parte de su hacer diario.
¿No sería tentador recrearse en sus días de caza, en las noches a la intemperie soportando el frío y el ataque de las fieras? Revivir la sensación de infinidad de aquellas extensas praderas. Reconstruir mentalmente el trabajo con los útiles de piedra. Escuchar a su lado el crepitar de las llamas, de aquella hoguera totémica a la que todos adoraban.
Todo eso sentí al estrechar la mano de un hombre que tuvo entre las suyas el cráneo número 5.
“…¡Dormir!... ¡Tal vez soñar!¡Sí, ahí está el obstáculo!”.
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Martes, 17 de enero de 2006
Pude leer en el “libro de los seres imaginarios” que la gente del espejo invadió la tierra una vez. El Emperador Amarillo los encarceló en los espejos y los condenó a repetir todos los actos de los hombres. Un día sin embargo saldrán de ese letargo mágico y el primero que despertará será el Pez.
Mientras recuerdo este pasaje, cruzo el puente hacia la Iglesia De San Antonio de la Torre Vieja. No evito asomarme a la balaustrada, un mosaico de líquenes adorna la baranda de piedra y veo en las tranquilas aguas mi sombra meciéndose en las ondulaciones suaves del río. Y me acuerdo del Pez y de los espejos ¿se revelará mi sombra? ¿saldrá del agua? Todavía no escucho el rumor de las armas como predice el libro.
El tañido de la campana me sobresalta, sonó una y otra vez hasta sumar once. Las gárgolas atrompetadas de la Torre parecían emitir el sonido, pero no, el metálico crujido provenía de las campanas. El agua no se sobrecoge, acostumbrada como está a escuchar diariamente el familiar sonido de la orilla, desde la Torre Vieja. El agua sigue parsimoniosa erosionando la piedra con extraña suavidad, con extraña persistencia, como muestran los redondeados y alisados cantos rodados de sus márgenes.
Todo parece un gran decorado, el puente romano deja pasar al río bajo sus arcos y mientras sigo mi sombra con la mirada, recuerdo las once campanadas y la vigilo, por si decide acompañar a los animales de los espejos. De reojo miro hacia la otra orilla donde el Jardín de los Laberintos custodia las aguas e imagino que en sus intrincados senderos descansa el Emperador Amarillo dispuesto a librar una nueva batalla. Ya no sé si el mundo real es el mio o el que se refleja en las cristalinas aguas, de cualquier modo estaré espectante para librar batalla contra mi propia sombra si hace falta.
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Miércoles, 14 de diciembre de 2005
Esta obra de Dickens es una de mis favoritas y es inevitable recordarla al llegar estas fechas. Hay un pasaje sin embargo que creo que no deberíamos olvidarlo nunca, sea la época del año que sea.
Cuando el segundo espíritu se despide de Ebenezer Scrooge podemos leer:
«De entre los pliegues de su vestimenta sacó dos niños; infelices, abyectos, terroríficos, espantosos, miserables. Se arrodillaron a sus pies y se agarraron a su túnica. [...]
[...] Ninguna transformación, ninguna degradación, ninguna perversión humana en ningún grado de todos los misterios de la creación era la mitad de horrible y espantosa. Scrooge dió un paso atrás espeluznado.
- ¡Espíritu!¿Son tuyos?
- Son de la humanidad- dijo mirándoles-. Este niño es la ignorancia. La niña es la necesidad. Ten cuidado de ambos, pero sobre todo ten cuidado con este niño, pues en su frente veo escrita la palabra PERDICIÓN.»
Qué más puedo añadir, leed, leed todo lo que podáis y estaréis combatiendo la ignorancia.
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Domingo, 27 de noviembre de 2005
En 1787 partió la primera flota de presidiarios para el exilio australiano. La deportación se convirtió en una tarea cotidiana para los jueces británicos de fines del XVIII y parte del XIX. Antes de que en Francia se promulgase la Liberté, Egalité, Fraternité; los ingleses se deshacían de la “chusma” deportándola al otro extremo del mundo.
Elizabeth Beckford de 70 años fue condenada a 7 años de deportación por haber robado medio kilo de queso de Gloucester. Otra Elizabeth, Powley se adentró en una cocina y cogió beicon, uvas pasas, harina y mantequilla. Fue condenada a la horca pero por suerte (digo yo) la indultaron y la embarcaron rumbo a Australia. John Hudson un deshollinador de 9 años sufrió el mismo castigo por robar unas prendas de ropa y una pistola.
La revolución francesa deparó cambios y al menos aparentemente el mundo en el que vivimos es “diferente”. En Vietnam a finales del año 2000 siete individuos fueron condenados a muerte por traficar con moneda falsa.
Sin embargo nada tiene parangón en la modernidad con China. En el asunto Yuanhua relacionado con el contrabando de ordenadores se contabilizaban en el año 2000, catorce penas de muerte ejecutadas y doce cadenas perpetuas. Una última lindeza del sistema chino es que la familia de la víctima pagará las balas que la ejecuten. Hasta finales del siglo XVII en Europa las familias de hechiceros y hechiceras debían pagar la leña de su pira.
¿Cuándo dejaremos de escribir sobre ciertas atrocidades? Saquemos la tinta de los bolsillos y condenemos estos actos de barbarie institucional, que ya no estamos en el siglo XVII ¿O no?
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Miércoles, 09 de noviembre de 2005
La fidelidad de la memoria siempre se ha puesto en entredicho. Borges ya decía que los hechos no son como acontecieron sino como los recordamos. Quizá yo quiera ir más lejos y apuesto a que adivinamos la memoria y si esto es cierto ¿Por qué no recordar el futuro?
Repetí entonces, mentalmente un fragmento de la obra “La venganza de Don Mendo”:
MENDO
Maldita mora
a quién mato yo ahora
AZOFAIFA
mátame a mí, por Alá
MENDO
No, por aquí
(Le clava el puñal)
Verificar si esta invención o este recuerdo son ciertos es sencillo, no tengo más que tomar la obra original en mis manos. Mientras regreso a casa repito el fragmento varias veces para no dejar nada a la suerte. Cuando llego al hogar, tanteo con la mirada las estanterías llenas de recuerdos, o de libros o de invenciones que todos son la misma cosa.
Atrapo el tomo único en mi mano y leo frenético, me llego hasta la jornada cuarta, la última de la obra. Busco el pasaje del que hacía memoria:
MENDO
¿Qué has hecho, maldita mora?
¿En quién me vengo yo ahora?
AZOFAIFA
¡Clava en mis carnes tu acero!...
¡Sacia tu venganza en mí
Si no has de quererme ya!
¡Hiere, Mendo, por Alá!
MENDO
¡Qué por Alá: por aquí!
(Le clava el puñal)
Estoy fascinado, sin duda. La invención no era mala teniendo en cuenta que era en rima, pero además de tamaña suerte o audacia, no se queda ahí todo, es que el sentido de la obra permanece intacto, incluso manteniendo las palabras últimas de ciertos versos. Adivinanción en sí misma quizá no lo sea, pero de no haber tenido el libro a mano o prueba alguna que lo refutase, mi versión sería tan buena como la que más e incluso en caso de apuro sería tomada en serio.
Ya hemos demostrado que adivinamos el pasado, algo no tan sencillo, pues vemos que adivinar siempre conlleva riesgos y la mayor de las veces se cobra errores. Me embarga cierto desasosiego al recordar pasajes de mi niñez ¿Y si están equivocados? No importa, recuerda a Borges. Las cosas son como las recordamos (adivinamos, cambio yo el verbo) y no como realmente fueron.
Si es pues tan sencillo adivinar el pasado, ¿no será igual de fácil recordar el futuro? Hay casos flagrantes de recordar el futuro con total rigor. Si en una bolsa hay dos canicas, una roja y otra azul, y extraigo la roja; recordaré que la siguiente extracción será una bola azul. En este caso la probabilidad o la matemática nos vienen a echar una mano en nuestra tarea. En cualquier otro caso más complejo, poco nos importará recordar erróneamente, puesto que somos incapaces de adivinar con seguridad el pasado, ¿por qué habríamos de recordar mucho mejor el futuro?
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Miércoles, 02 de noviembre de 2005
Serie de artículos australianos (Melbourne 2002-04)
Bajo una acacia en la Sabana;
Gacela: qué traje más bonito llevas
Cebra: dicen que las rayas van muy bien para pasar desapercibida por aquí
Gacela: pues lo que es yo, prefiero estas dos manchas negras en mi trasero
Cebra: ¿has visto las melenas de los leones este año?
Gacela: si, están hechas un asco
Cebra: este es un mundo de locos, ayer escapando de unas hienas, me dijeron que a los cocodrilos no les gusta nada su piel, un diseño algo rudo
Gacela: claro, hace millones de años que no se lleva, están sumergidos en su mundo
Cebra: eso no es nada, si supieras lo que se dice por ahí de los hipopótamos …
Gacela: cuenta, cuenta
Cebra: que no hay manera de que se pongan a dieta, y además son unos maleducados, siempre bostezando cuando se les habla
¿Se lo imaginan? No es un diálogo tan extraordinario. Las personas hacen en muchas ocasiones una valoración así de banal de su aspecto y de sus costumbres. He pensado muchas veces, por qué cada día se muestran en las noticias de nuestro país imágenes de las más famosas Pasarelas de moda; Madrid, Barcelona, París o Milán. Desfilan con atuendos absurdos, que sólo aparecen en TV. Mucha gente parece interesada en esos modelos, pero nadie los compra. El pase supone publicidad para la modelo y para el modisto/a. Practicidad, muy poca o ninguna.
Vestidos de gasa transparente, escotes hasta el ombligo, sombreros de circunferencia astronómica, colores chillones, telas deshilachadas, pantalones rotos en el trasero, pezones al aire, …. No, no, no; no sigan por ahí. No están leyendo a un ultra conservador que se sonroja por ver un pezón. Al menos aquí, en la vieja Europa en pocos sitios ocurre. Eso sí, Gran Bretaña es diferente. Un anuncio de una mujer dándole el pecho a un bebé ha provocado un escándalo en las islas; eso, es ser conservador y anticuado. La famosa teta de la Jackson en Estados Unidos también se las trae, lo cierto es que ahí fue peor, porque no se veía ni el pezón.
No, no se trata de una opinión lanzada por un conservador de cara a preservar las buenas costumbres, se trata de criticar que las noticias (y otros programas) se utilicen como escaparate de hechos que poco tienen de interés y mucho de intrascendente e inútil.
Cuando observo en los arrecifes de la Gran Barrera Australiana el tranquilo nadar de un caballito de mar, El Dragón, cuyo aspecto recuerda un manojo soberbio de algas, entonces me quito el sombrero. Ese traje aparentemente de pasarela, inútil a simple vista, tiene una función primordial: el mimetismo, es decir, pasar desapercibido, parecerse al entorno para no llamar la atención. Confundir al caballito con las algas de su alrededor es una buena estrategia, pero válida sólo para quien viva allí.
¿Que quieren hacer esos desfiles? Que los hagan ¿Que quieren diseñar ese tipo de ropa? Que la diseñen. Pero que no tengamos que verlo en las noticias. Ah sí, el dinero. ¿Por qué siempre me olvido del dinero? Nunca recuerdo que lo correcto es mirar hacia otro lado, como si no pasase nada. Está de moda.
Por: Mariano | Relatos, ensayos y reflexiones. | Comentarios (8) | Referencias (0)
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